Conseguir la igualdad entre los sexos es tarea difícil, aunque no imposible. Con estos escritos intento equilibrar la balanza y reconocer los méritos de muchísimas mujeres a lo largo de la historia, a la vez que analizar de dónde proceden tales desigualdades y así entre todos, hombres y mujeres, mujeres y hombres, luchar por un mundo más justo.

miércoles, 25 de abril de 2018

A Mary Wollstonecraft

Admirada Mary: te conocí alrededor de 1990, ciento noventa y tres años después de tu muerte. Descubrí el valor de tu legado y tu vida. Una vida que procuraron ocultar porque no eras un buen ejemplo. No eras el modelo que deben aprender las niñas, y de eso tú sabías bastante: de educación. Escribiste tus Reflexiones sobre la educación de las niñas, un libro incómodo, igual que tú. Fundaste una escuela con ese mismo fin, pero todo en vano, tu esfuerzo sirvió de poco.

Y con tu vida dabas ejemplo, fuiste escritora profesional e independiente en el siglo XVIII, cuando las teorías de Rousseau  estaban vigentes.  Decía que “una mujer sabia es un castigo para el esposo, sus hijos, para todo el mundo”. ¡Seguro que fuiste a París durante la Revolución solo para reprenderlo! No me extraña, aunque ya había muerto 14 años antes.

Supongo que tu carácter luchador y reivindicativo, está moldeado probablemente  por las injusticias que viviste en tu casa. Un padre que dilapidó el patrimonio de la familia, maltratador y borracho, tu  hermano Ned, no tan brillante como tú, pero estudió en un buen colegio. ¡Es todo tan injusto! Y tú tan inteligente y con ese coraje.  

En tu lucha, te distes cuenta que también había muchos hombres progresistas, que pedían libertad, sufragio universal. Pero eso..., solo para los hombres.
A pesar de todo supiste defenderte en la vida ejerciendo los oficios que las mujeres podían realizar: maestra o institutriz, cualquier cosa era buena con tal de ser independiente.  Ya a los 29 años comenzaste a vivir de tus escritos, todo un mérito, incluso el círculo literario de Londres te aceptó y te consiguió un editor que  pagara por tus libros.
A pesar de no haber asistido a la escuela el tiempo necesario, tu ansia de conocimiento no tenía límite. Tu hija Mary puso en boca de su Frankestein estas palabras:
¡Qué extraña cosa el conocimiento. Una vez que ha penetrado  en la mente, se aferra     a ella como la hiedra a la roca.”  Te hubiera gustado conocerla.

Comprometida políticamente en un mundo cambiante en todos los aspectos, excepto en los derechos de las mujeres, tuviste la valentía de ponerlos sobre papel, después de escribir Vindicación de los derechos del hombre, apoyando los ideales de la Revolución Francesa.
Luego pensaste que la libertad o es para todos o no es para nadie, como decía Condorcet, y escribiste Vindicación de los Derechos de la mujer, pero pagaste un alto precio: la censura social, la incomprensión y la polémica se instaló en tu vida.

A esto se unía tu vida amorosa. Como dama educada en el puritanismo de la época, el sexo era algo indecoroso. Pero creo que cambiaste de idea en brazos de ese americano que conociste en París, Gilber Imlay, un vividor que te dejó embarazada. Y que te dejó por una actriz antes de  nacer tu hija. Lloraste, suplicando que volviera. ¿Por amor o por no ser una perdida ante los ojos de esa estrecha sociedad? No creo que eso te importara mucho. El caso es que con 37 años te casaste con Willian Godwin, escritor como tú y  te dio la hija que expandió tu legado y que ella misma era tu continuidad: Mary Shelley, creadora de Frankestein. Un libro que marcó un nuevo estilo en la literatura. Pero no pudiste verlo, ni disfrutar de la inteligencia de tu hija, hubieras estado orgullosa, la vida es así. En solo diez días de su nacimiento, te fuiste por una infección. Fiebre puerperal le dicen.

Tu marido desconsolado, por hacerte un homenaje publicó toda tu obra, pero no corrían buenos tiempos para las mujeres, y menos feministas libres e independientes. Se desvalorizó tu obra. Llegaste a ser una inmoral loca y ridícula. Finalmente, el trabajo de los historiadores seleccionó personajes ilustres: filósofos, matemáticos, escritores, pintores, para que formaran parte de sus libros. En esa selección no entrabas tú. No entraba ninguna. ¡Mal ejemplo para las chicas¡

    Pero no para tu hija, en cuya cabeza bullían las mismas pautas que marcaron tu vida.

Ahora Mary Wallstonecraft, eres uno de los pilares del feminismo, se reconoce tu obra y tu lucha, las cosas están cambiando…pero muy poco a poco.
Te gustaría saber que una de tus afirmaciones es emblema de todas las personas que luchamos por la igualdad de sexos:
No deseo que las mujeres tengan poder
sobre los hombres, sino sobre sí mismas.”

                   Espero escribirte la próxima con buenas noticias. Gracias por todo.

                                                                                                  Antonia Gómez Sousa



4 comentarios:

Navegante dijo...

Me resultó muy interesante el estilo de relato, hablándole al personaje.
Muy logrado.
Saludos desde el fin del mundo.

Antonia dijo...

Gracias Navegante, es lo mismo pero dicho de otra manera, por si acaso resulta más interesante la vida de esta valiente mujer.
Recibe saludos afectuosos.

Ardilla dijo...

Claro que se nos ha negado muchas cosas a la largo de la historia. No teníamos acceso a la lleve del conocimiento porque era algo peligroso para los hombres. Las mujeres desde la infancia han sido educadas para que sean extremadamente vulnerables y han sido víctimas de las devastadoras necesidades de los demás. Jamás le preguntaron sus instintos, sus gustos. Siempre sometidas y destruyendo así sus capacidades para desarrollarse plenamente como seres.
Tema muy interesante para hablar detenidamente.
Un abrazo

Antonia dijo...

Efectivamente Ardilla, el tema da para mucho. Poner en pie la historia de las mujeres es una asignatura pendiente, afortunadamente ya son muchos los estudiosos, pero sobre todo estudiosas, que buscan fuentes de información. ¿Pero cuántas han sido destruidas en la selección? Infinitas, sin duda. Y estos asuntos, no se puede sacar de donde no hay. Yo estoy convencida que recompondremos nuestra historia, tan necesaria como la de los hombres.
Muchas gracias amiga por tu válida opinión. ABRAZO.